Las experiencias espirituales de Helen Schucman: las visiones de la sacerdotisa

por Robert Perry

Robert Perry, del Circle of Atonement, escribió este artículo como parte de una serie de clases sobre las experiencias espirituales de Helen Schucman, la escriba de Un Curso de Milagros. Lo publicamos traducido al español. Si quieres conocer primero quién fue Helen, lo tienes en «Helen Schucman: quién fue la escriba de Un Curso de Milagros»; y si buscas un resumen de quién escribió Un Curso de Milagros, lo tienes en nuestra página sobre el Curso.


Después de que Helen y Bill se unieran para buscar una manera mejor, en junio de 1965, Helen empezó a tener, como sabe la mayoría de los estudiantes del Curso, una serie de imágenes mentales muy intensas, tanto en sueños como despierta. Siempre había visto imágenes mentales muy nítidas, incluso de día y con los ojos abiertos. Observaba que parecían «representar las palabras o pensamientos [que tenía en ese momento] como símbolos correspondientes a un nivel de conciencia diferente pero relacionado».1 De pronto, sin embargo, aquellas imágenes, que siempre habían sido fotos fijas en blanco y negro, se convirtieron en escenas en movimiento, a todo color y con argumentos complejos. Helen las dividió en tres series:

Serie I: la antigua sacerdotisa

Serie II: escenas de vidas pasadas con Bill

Serie III: la visión de la barca

A lo largo de ellas aparecieron tres visiones de una sacerdotisa que, al parecer, era Helen en una vida pasada. La primera es la serie I; las otras dos están en la serie II. Vamos a ver la primera y la tercera. (La segunda no es especialmente edificante: en ella Helen aparecía como una especie de sacerdotisa malvada que dominaba a su pueblo con el poder de una piedra preciosa mágica).

La sacerdotisa encadenada

La primera de las series comenzó con una figura femenina irreconocida, pesadamente ataviada y de rodillas con la cabeza inclinada. Pesadas cadenas se enroscaban alrededor de sus muñecas y tobillos. Un fuego se elevaba a lo alto por sobre su cabeza desde un brasero de metal grande que estaba cerca de ella en un trípode bajo. Ella parecía ser algún tipo de sacerdotisa, el fuego parecía estar asociado con un antiguo rito religioso. Esta figura venía a mí casi a diario por varias semanas, cada vez con un cambio notable. Las cadenas comenzaron a desprenderse y ella comenzó a levantar la cabeza. Al fin se puso de pie muy lentamente, con sólo un corto, inconexo pedazo de cadena aún atado a su muñeca izquierda. El fuego llameaba con un brillo inusitado al ponerse ella de pie.

Yo estaba muy poco preparada para la intensidad de mi reacción emocional hacia ella. Cuando alzó los ojos por primera vez y me contempló yo estaba terriblemente asustada. Estaba segura de que ella estaría muy airada y esperaba que sus ojos estarían repletos de condenación y desdén. Mantuve la cabeza volteada las primeras dos o tres veces que la vi después que se hubiese levantado, pero finalmente me decidí a mirarla directamente a la cara. Cuando lo hice, rompí en llanto. Su rostro era amable y lleno de compasión, y sus ojos estaban más allá de toda descripción. La mejor palabra que pude hallar para describírselos a Bill fue «inocentes». Ella jamás había visto lo que yo temía que encontrase en mí. No sabía nada con respecto a mí que mereciese condenación. Mas ella sabía muchas cosas que yo jamás había conocido, o al menos había olvidado totalmente. La amaba tanto que literalmente caí de rodillas ante ella. Luego traté inútilmente de unirme con ella mientras permanecía frente a mí, bien fuera deslizándome hacia su lado o atrayéndola hacia el mío. Noté que aún tenía unos cuantos eslabones en ambas muñecas. Ese, sentí yo, era probablemente el problema.

Mis próximas reacciones fueron más extrañas aún. De pronto me sentí inundada por un sentimiento de dicha tan grande que apenas podía respirar. En voz alta pregunté: «¿Esto significa que yo puedo recobrar mi función?». La respuesta, silenciosa pero perfectamente clara, fue: «¡Por supuesto!». Al oírlo comencé a danzar alrededor del salón en una intensa oleada de felicidad como jamás había sentido antes. No habría creído que fuese posible experimentar tanta felicidad como la que esa respuesta había traído consigo, y por un momento seguía repitiendo: «¡Cuán maravilloso! ¡Oh, cuán maravilloso!». Parecía que no había duda alguna de que había una parte de mí que yo no conocía, pero la cual entendía exactamente lo que esto significaba. Era una conciencia extrañamente dividida, de una clase que habría de tornarse progresivamente familiar.2

Fíjate en la cualidad de la inocencia de la sacerdotisa. No es una inocencia convencional. Me llama la atención que Helen dijera que sus ojos estaban «más allá de toda descripción» y que la palabra que más se acercaba fuera «inocentes». No solemos pensar en la inocencia como algo que esté literalmente más allá de las palabras. Esta inocencia es en realidad un poder espiritual, un poder asociado con el saber («ella sabía muchas cosas que yo jamás había conocido») y un poder asociado con el ver: le permite ver tan más allá de todos los defectos de Helen que ni siquiera los ve.

También me llama la atención que Helen vea a esta sacerdotisa tal como se supone que nosotros debemos ver a nuestro hermano: como una figura espiritual excelsa, cuya mirada amorosa puede salvarnos y a cuyos pies sentimos el impulso de arrodillarnos (ver L-161.9). Así como Helen vio a la sacerdotisa en sí misma, nosotros debemos ver al Cristo en nuestro hermano.

Es evidente que la sacerdotisa simboliza al Cristo en Helen, o quizá la mente recta de Helen. Tal vez recurre a imágenes de una vida pasada en la que el Cristo en ella se manifestaba más. Pero enseguida surge una pregunta: ¿por qué esta figura está postrada y encadenada? ¿Cómo puede estar encadenado el Cristo en nosotros? Me resulta fácil imaginar a Helen encadenada e incapaz de llegar al Cristo en ella, pero ¿cómo puede estar encadenado el Cristo en ella?

En el Curso hay, de hecho, una pauta sorprendente que refleja justamente esta idea. Mira estos pasajes:

Sin embargo, hay un Niño en ti Que busca la casa de Su Padre y sabe que es un extraño aquí. [...] Él desea regresar a casa tan profundamente, tan incesantemente, que Su voz te llama para que Le permitas descansar un momento. No pide más que unos pocos instantes de respiro; solo un intervalo en el que pueda regresar a respirar nuevamente el aire santo que llena la casa de Su Padre. (L-182.4:3; 5:3-4)3

La alegría que tu Yo experimenta [en tu meditación] la guardará para ti, y será tuya en conciencia plena. (L-96.12:4)

Estos pasajes sugieren que hay algún aspecto de nuestro verdadero Ser, el Cristo, que en cierto sentido es arrastrado desde el Cielo cuando venimos a la tierra. Una analogía tosca sería un globo de helio. Mientras sostienes el cordel del globo, lo mantienes atado a la tierra. No está tan abajo como tú, pero eres tú quien lo retiene; si lo dejaras a su aire, subiría hasta el cielo. Y eso es lo que sucede cuando meditas. Puede que conscientemente no experimentes nada. Pero lo que haces es soltar el globo por un momento, y él tiene la oportunidad, durante ese breve rato, de volar a casa.

Los pasajes siguientes vuelven sobre este mismo tema. Hablan de un elemento espiritual enterrado en nosotros, que de algún modo queda encadenado por nuestro sueño y se desencadena cuando elegimos despertar. Pero estos dos pasajes tienen además otra importancia: dicen expresamente que ese elemento quedó liberado cuando Helen y Bill se unieron, que es exactamente lo que ocurre con la sacerdotisa:

Cuando los hermanos se unen en un propósito en el mundo del miedo, se encuentran ya en el umbral del mundo real. Quizá todavía miren atrás y crean ver un ídolo que desean. Pero [por haberse unido] su camino ha quedado firmemente orientado lejos de los ídolos y hacia la realidad, pues cuando unieron sus manos, fue la mano de Cristo la que tomaron. Y contemplarán a Aquel Cuya mano sostienen.

[...] Pues Aquel Cuya mano sostienes no esperaba más que a que te unieras a Él [el pasaje pasa ahora a dirigirse directamente a Helen y a Bill y a su acto de unirse el uno al otro y, con ello, tomar la mano de Cristo]. [...] Su gratitud hacia ti está más allá de tu entendimiento, pues Le has permitido levantarse de las cadenas e ir contigo, juntos, a la casa de Su Padre. (T-30.VI.6:1-4; 7:2, 5)4

La unión de Helen y Bill «Le ha permitido [a Cristo] levantarse de las cadenas». Es exactamente lo que pasó con la sacerdotisa: su unión le permitió levantarse de las cadenas.

El propósito del Espíritu Santo fue aceptado por la parte de tu mente que el ego desconoce [esta referencia a aceptar el propósito del Espíritu Santo alude a la unión de Helen y Bill]. Tampoco tú la conocías. Y, sin embargo, esta parte, con la que ahora te identificas, no tiene miedo de mirarse a sí misma. Sabe que no tiene pecado. [...] Esta parte ha visto a tu hermano y lo ha reconocido perfectamente desde que comenzó el tiempo. Y no deseaba nada más que unirse a él y volver a ser libre, como lo fue una vez [lo que implica claramente que entretanto no ha sido libre]. Ha estado esperando el nacimiento de la libertad; que la aceptación de la liberación llegara a ti [la aceptación de la liberación por parte de Helen y Bill es, evidentemente, lo que libera a esta «otra parte»]. [...]

Y ahora el ego sí tiene miedo. Pero lo que él oye con terror, la otra parte lo oye como la música más dulce: la canción que anhelaba oír desde que el ego entró por primera vez en tu mente [está claro que no ha oído esta música desde que surgió el ego]. La debilidad del ego es su fortaleza. La canción de la libertad, que canta las alabanzas de otro mundo, le trae esperanza de paz. Pues recuerda el Cielo [y ha anhelado volver a conocerlo], y ahora ve que el Cielo ha llegado por fin a la tierra, de la que el dominio del ego lo ha mantenido fuera durante tanto tiempo. El Cielo ha llegado porque encontró un hogar en tu relación en la tierra. Y la tierra ya no puede retener lo que se le ha dado al Cielo como suyo. (T-21.IV.4, 6)

Aquí tenemos, pues, un elemento espiritual sin nombre en Helen y Bill. Esta «parte de tu mente» tiene dos aspectos. En primer lugar, conserva su inocencia. «Sabe que no tiene pecado». Ve perfectamente a nuestro hermano. «Recuerda el Cielo». En segundo lugar, se ha sentido prisionera fuera del Cielo, «esperando el nacimiento de la libertad», esperando «la canción de la libertad», esperando a que el Cielo «llegue por fin a la tierra» y la libere.

Esta «otra parte» tiene, por tanto, las mismas dos características que la sacerdotisa: es inocente y, sin embargo, está encadenada. Y, como la sacerdotisa, ha quedado libre gracias a la unión de Helen y Bill, a que aceptaron la liberación, a que permitieron que el Cielo encontrara un hogar en su relación.

Así que el Curso sí ve que algún aspecto del Cristo ha sido arrastrado, a medio camino de la tierra, por nuestro sueño. Esta parte ha conservado su inocencia (por eso el Niño Cristo es un símbolo tan acertado de ella), pero se siente prisionera y lejos de casa. Mientras nosotros estamos aquí abajo tan tranquilos, ella se ahoga en la contaminación de la atmósfera terrestre. Pero cuando elegimos a Dios, cuando meditamos, cuando nos unimos a un hermano, se siente liberada. Siente que vuelve la dulce música que ha anhelado oír desde tiempos inmemoriales. Sus cadenas empiezan a caer. Puede volver a ponerse derecha. Puede volver a respirar.

Y, a medida que caen sus cadenas, queda libre para volver a ejercer su función. De ahí viene nuestra función. Mira a Helen. En un sentido, era ella quien anotaba el Curso, quien hacía de escriba: quien cumplía su función. Pero en otro sentido era la sacerdotisa en ella la que actuaba a través de ella. La sacerdotisa era la verdadera escriba, la que no tenía ningún conflicto ni ninguna ambivalencia respecto a su papel. La sacerdotisa estaba completamente entregada, y era capaz de abrirse paso entre los escombros de la constante ambivalencia y resistencia de Helen y sacar adelante el trabajo. Era lo que había anhelado hacer. La reacción de felicidad indescriptible de Helen fue, en cierto sentido, la reacción de la sacerdotisa, cuya alegría por poder recobrar su función era abrumadora.

La sacerdotisa del templo

Esta visión procede de la serie II, que reunía recuerdos de vidas pasadas con Bill.

La próxima escena, en orden de aparición, era tan antigua que parecía llevarse a cabo en el comienzo mismo del tiempo. Yo era una sacerdotisa nuevamente [...]. Esta sacerdotisa era, en verdad, muy parecida a la de los ojos inocentes la cual yo había visto emerger de pesadas cadenas a la libertad. [...] Ella estaba escondida del mundo en un blanco templo de marfil, ubicado en un valle muy amplio y verde. Yo no estaba segura de que su cuerpo fuese enteramente sólido. Realmente lo que yo veía era poco más que un boceto de una diminuta, delgada mujer ataviada de blanco, quien jamás penetró en el mundo más allá del dintel de la puerta de un pequeño salón, el cual contenía un sencillo altar de madera adyacente a la pared más lejana. Una pequeña llama ardía sobre el mismo, enviando hacia arriba una pequeña y constante columna de humo blanco. La sacerdotisa permanecía cerca del altar, sentada sobre un banco de madera de poca altura, orando con los ojos cerrados por aquellos que acudían a ella en busca de ayuda.

Hubo varios episodios en esta serie. Algunas veces yo sólo veía el valle verde fuera del templo. A veces parecía que no había nadie allí, pero en otras ocasiones el valle se llenaba con una columna humana de gente que marchaban juntos alegremente en filas que parecían extenderse en ambas direcciones. Yo podía sentir un profundo sentido de libertad y unidad en cada uno al ir marchando hacia una victoria segura.

No estaba segura del papel exacto que la sacerdotisa tenía en la felicidad de ellos, pero sabía que sus oraciones de algún modo hacían una contribución vital. También estaba segura de que gente de todas partes acudía a ella en busca de ayuda; algunos, de hecho, desde muy lejos. Ellos, sin embargo, no hablaban con la sacerdotisa directamente. Se arrodillaban uno a uno en el saliente que bordeaba una pared baja que separaba las partes interna y externa del templo, al tiempo que le planteaban sus necesidades a un hombre que parecía una especie de intermediario entre la sacerdotisa y el mundo. Él permanecía en el espacio adjunto entre la sacerdotisa y aquellos que venían en busca de ayuda. El hombre le comunicaba a ella las necesidades de ellos.

Él jugaba un papel crucial en permitir que la sacerdotisa cumpliera su función, y yo insistí mucho tiempo en que él no era Bill, aunque a la larga llegué a reconocer que probablemente era él. Era alto y delgado, pero yo no podía ver su rostro claramente. Cuando la gente le decía lo que necesitaba, él iba a la puerta de su salón y le decía: «Sacerdotisa, un hermano ha venido a tu santuario. Sánalo por mí». Ella jamás preguntaba por el nombre de nadie, ni por los detalles de su petición. Simplemente oraba por él, sentada muy calladamente junto a la llama en el altar. Jamás se le ocurrió que la ayuda no sería concedida. Oraba por todos en la misma forma, y jamás abandonó realmente el lado de Dios, al permanecer apaciblemente segura de Su presencia allí en el salón con ella. Jamás se adentró en el mundo, y estaba muy tranquila y muy feliz. Estaba tan cerca de Dios que siempre era consciente de Él. Yo estaba segura de que ella era yo misma, y sin embargo no estaba segura. Lo cierto era que yo la observaba con gran amor.5

Me parece una imagen muy poderosa. Tenemos a una mujer que, vista desde fuera, parece no tener vida. Lo único que hace, todo el día y todos los días, es sentarse en un banco de madera frente a un sencillo altar de madera con una llama encima, y orar. Es todo lo que hace. Nunca sale de su pequeña habitación. No tiene apenas contacto humano, solo a Bill, que se asoma y dice su única frase. Ni siquiera ahí hay variedad: dice la misma frase una y otra vez. Toda esa gente viene de lejos a pedirle ayuda, y ella nunca la conoce, nunca llega a saber sus nombres ni los detalles de sus problemas. Vista desde fuera, su vida parece increíblemente aburrida, de un vacío inconcebible.

Pero eso contrasta de lleno con su felicidad. Está «muy feliz». ¿Por qué? Porque está siempre con Dios, «apaciblemente segura de Su presencia allí en el salón con ella». Este contraste entre el vacío de su vida exterior y la plenitud de su vida interior dice algo muy fuerte: Dios le basta. No necesita una vida llena de actividad, de variedad y de trato con los demás. No necesita salir. No necesita irse de vacaciones. No necesita todas las cosas que nosotros necesitamos. Algo que para nosotros es casi teórico la sostiene por completo, constantemente, más de lo que nos sostienen a nosotros los cientos de cosas que llenan nuestra vida.

Luego está la gente. Su vida exterior y la de ellos son completamente opuestas. Ella está sola; ellos, juntos. Ella está dentro; ellos, fuera. Ella está inactiva; ellos, en movimiento. Ella no va a ninguna parte; ellos van de camino. Acuden a ella, pero ella nunca los ve. En muchos sentidos hay un abismo entre ella y ellos. Y, sin embargo, están unidos de forma invisible. Sus oraciones hacen «una contribución vital» a la felicidad de ellos. Es como si desde ella se irradiaran, sin que nadie lo vea, oleadas de felicidad que llenan a toda esa gente, la animan, la sostienen, la mantienen en pie.

Ella y la gente están separados físicamente, pero unidos por dentro. Aunque nunca los ve, comparte con ellos una relación estrecha. Y eso ocurre en parte a través de Bill. Él es su intermediario con el mundo. «Él jugaba un papel crucial en permitir que la sacerdotisa cumpliera su función». De algún modo, sin él el circuito no se cerraría. Él es, en parte, lo que permite que la sacerdotisa y la gente, tan separados físicamente, estén tan conectados espiritualmente.

Esta parece ser, entonces, la función que Helen, en su visión anterior de la sacerdotisa, tanto deseaba recobrar. Y la recobró. Solo que ahora, en lugar de estar sentada orando, estaba sentada anotando el Curso. Y, en lugar de que Bill le transmitiera los mensajes de la gente, Bill transmitía a la gente los mensajes de ella, con su máquina de escribir. Y la gente, por supuesto, somos nosotros. No cuesta imaginar a los estudiantes del Curso descritos poéticamente con esas mismas imágenes: «una columna humana de gente que marchaban juntos alegremente [...] un profundo sentido de libertad y unidad en cada uno al ir marchando hacia una victoria segura». Esa misma relación indirecta, pero vital y estrecha, que la gente tenía con la sacerdotisa es la que tenemos nosotros con Helen. Funcionó: la sacerdotisa recobró su función. Y todos nosotros hemos salido bendecidos. Ella nos sostiene ahora como los sostenía entonces. De hecho, ¿quién sabe si no fuimos nosotros algunos de aquellos peregrinos que acudían a su santuario hace tanto tiempo?

Pero el papel de sacerdotisa no era solo la función de Helen. En cierto sentido, es la de todos nosotros. La forma exterior de nuestra función será distinta, pero su contenido interior debe ser el mismo. Todos estamos llamados a ser «sacerdotisas de puertas adentro» (aunque no tan literalmente encerradas como ella). Hay dos pasajes del Curso que recuerdan su visión y aplican su contenido a nosotros, a nuestra función:

La imagen de santidad que brilla en tu mente no es oscura, y no cambiará. Su significado para quienes la contemplan no es oscuro, pues todos la perciben como lo mismo. Traen sus diferentes problemas a su luz sanadora, pero allí todos sus problemas se encuentran solo con la curación. La respuesta de la santidad a cualquier forma de error es siempre la misma. No hay contradicción en lo que la santidad suscita [como respuesta]. Su única respuesta es la curación, sin tener en cuenta en absoluto lo que se le trae. (T-14.X.8)6

Es difícil no ver aquí el parecido con la visión de la sacerdotisa de Helen. Todos traen «sus diferentes problemas» y descubren que «la respuesta de la santidad [...] es siempre la misma». «Su única respuesta es la curación, sin tener en cuenta en absoluto lo que se le trae».

Esto nos recuerda a la sacerdotisa, pero en realidad nos habla a nosotros. Cuando la gente nos trae sus problemas, sean los que sean, nuestra respuesta interior debe ser la misma. Y debe ofrecerse con la misma confianza, sin pensar en uno mismo, con que la sacerdotisa ofrecía sus oraciones. ¿Es así como respondemos ahora a los problemas que nos traen? ¿No es cierto que nuestra respuesta interior cambia muchísimo según el tamaño del problema y lo cerca que nos toque? Tenemos que aprender a responder como la sacerdotisa: un problema es un problema, y todos se sanan con la misma facilidad en cuanto se ponen en las Manos de Dios.

Puede que el pasaje anterior aludiera intencionadamente a la memoria de Helen como sacerdotisa, o puede que no. El siguiente, en cambio, sin duda alude a ella:

Hoy descansas en la paz de Dios, y desde tu descanso llamas a tus hermanos para atraerlos a su descanso junto contigo. Hoy serás fiel a tu cometido, sin olvidar a nadie, llevando a todos al círculo sin límites de tu paz, el santo santuario donde descansas. Abre las puertas del templo y déjalos entrar desde lo más lejano del mundo y desde cerca también, tus hermanos lejanos y tus amigos más cercanos; invítalos a todos a entrar aquí y a descansar contigo. (L-109.9)

Aquí tenemos a alguien que descansa en la paz de Dios, dentro de su templo, de su santuario. Su descanso atrae hacia él a muchas personas, algunas de las cuales vienen de muy lejos. La gente acude desde todo el mundo para participar de su paz, para entrar en «el círculo sin límites de tu paz». La alusión a la visión de la sacerdotisa es inconfundible.

Pero, una vez más, esto trata de nosotros. Trata de que nuestro descanso en Dios atraiga a otros a participar de nuestra paz. Una vez más, estamos llamados a ser sacerdotisas de puertas adentro. ¿Qué significa eso en concreto? Significa que cuando meditamos no se supone que meditemos solo para nosotros. Este párrafo es, en realidad, un conjunto de instrucciones para meditar. Nos indica que no olvidemos a nadie, que de verdad «llevemos» a los demás al santo santuario de nuestra mente, para que puedan compartir nuestra paz. No sé tú, pero yo suelo meditar para mí. No pienso en mi meditación como algo cuyo propósito es atraer a todos a la paz que estoy sintiendo. Pero así pensaba la sacerdotisa, y así es como nosotros tenemos que pensar.

El mensaje de conjunto que saco de estas visiones, y de cómo se aplican a nosotros, es este: tenemos que tomarnos en serio el lado invisible de la vida. Tenemos que confiar en que es real, en que tiene efectos y en que es la mayor parte de lo que ocurre en cualquier situación. Tenemos que darnos cuenta, por ejemplo, de que cuando nos sentamos a meditar, alguna parte antigua de nosotros, llena de santidad y de sabiduría, se quita algunas de sus cadenas y empieza a ponerse en pie. Tenemos que darnos cuenta de que, a medida que se libera, empieza a ejercer su función. Se extiende por todo el mundo, enviando sus oraciones a incontables mentes para atraerlas a su paz. Y esas mentes se sienten sacadas de la desesperación sin haber conocido nunca el origen de esa bendición repentina. Tenemos que darnos cuenta de que todo esto ocurre fuera de nuestra conciencia, pero de que todo depende de nosotros. Sin nuestra elección, las cadenas siguen puestas y la gente sigue en la desesperación.


Si quieres saber más de Helen, empieza por «Helen Schucman: quién fue la escriba de Un Curso de Milagros», donde reunimos su vida y los demás artículos de esta serie.

La serie completa. Robert Perry dedicó cuatro clases a las experiencias espirituales que llevaron a Helen Schucman a escribir el Curso: I. Las visiones de la sacerdotisa (este artículo) · II. La visión de la barca · III. La fase mágica · IV. La visión de la cueva del pergamino.

Robert Perry, «The Spiritual Experiences of Helen Schucman: Helen’s Priestess Visions», Circle of Atonement. Traducción del Círculo Reparador. Las citas de Ausencia de felicidad son de la edición española (El Grano de Mostaza, 2006), y las páginas, las de esa edición.