Las experiencias espirituales de Helen Schucman: la visión de la cueva del pergamino
por Robert Perry
Robert Perry, del Circle of Atonement, escribió este artículo como parte de una serie de clases sobre las experiencias espirituales de Helen Schucman, la escriba de Un Curso de Milagros_. Lo publicamos traducido al español. Si quieres conocer primero quién fue Helen, lo tienes en «Helen Schucman: quién fue la escriba de Un Curso de Milagros»; y si buscas un resumen de quién escribió Un Curso de Milagros, lo tienes en nuestra página sobre el Curso._
Una de las experiencias más importantes de Helen fue su visión de la cueva del pergamino. Con ella terminó lo que Helen llamaba su «fase mágica», y representó su aceptación de su papel como escriba de Un Curso de Milagros. En su fase mágica (como vimos en una clase anterior) descubrió que tenía capacidades psíquicas. Eso la asustaba, porque la idea de tener poderes que no encajaban en su visión del mundo le daba miedo; pero al mismo tiempo se sentía inflada de orgullo por ella.
Esa fase llegó a una primera conclusión con la experiencia de la Clínica Mayo. Helen y Bill tenían que ir por trabajo a la Clínica Mayo, en Rochester (Minnesota). Helen tuvo una visión y, basándose en ella, predijo que verían una iglesia luterana concreta mientras el avión aterrizaba. No la vieron, y se pasaron toda la noche en un taxi recorriendo unas veinticuatro iglesias de la ciudad, sin que ninguna coincidiera con su visión. Por fin, al día siguiente, mientras esperaban en el aeropuerto para tomar el vuelo de vuelta, Bill encontró en una guía turística una foto de la iglesia de Helen. Había ocupado el solar de la propia Clínica Mayo, y la habían derribado al construir la clínica.
Pero la cosa no acabó ahí. En una escala en Chicago, Helen vio a una joven sentada contra la pared y sintió que la atravesaban oleadas de angustia, aunque Bill no percibía nada parecido. Estaba claro que Helen estaba usando las mismas capacidades que le habían mostrado la iglesia. Pese a las reservas de Bill, los dos se hicieron amigos de aquella mujer, que les contó que se iba de casa y volaba a Nueva York para empezar una nueva vida. Su único plan para cuando llegara a Nueva York era encontrar una iglesia luterana:
Era luterana, y estaba segura de que todo lo que tenía que hacer era encontrar una iglesia luterana en Nueva York y allí la cuidarían. Bill y yo intercambiamos miradas. El mensaje no era difícil de captar. «Y esta», me pareció escuchar, «es mi verdadera iglesia... ayudar a otro; no el edificio que viste antes».1
La experiencia de la Clínica Mayo fue en realidad una lección sobre dos usos muy distintos de sus poderes psíquicos. El mismo poder que le reveló la iglesia luterana le reveló también la necesidad de Charlotte. ¿Cuál era el mejor uso de ese poder: ver edificios del pasado o sentir la necesidad de alguien en el presente? ¿Impresionar a los demás o ayudarlos?
La visión de la cueva del pergamino
Poco después de la Clínica Mayo, Helen tuvo una experiencia con la que su fase mágica terminó de forma repentina y definitiva:
Mi propia fase «mágica» terminó de improviso con un claro episodio en el que supe que había tomado una decisión irrevocable. Me vi a mí misma entrar a una cueva en una formación de rocas en una costa desolada, arrasada por el viento. La entrada a la cueva era baja, y la cueva era bastante profunda. Todo lo que encontré en ella fue un gran rollo de pergamino muy viejo. Sus extremos estaban enrollados alrededor de unos pesados palos con puntas doradas, y los dos lados se tocaban en el centro del rollo y estaban atados con una franja de papel de pergamino la cual se cayó tan pronto mis dedos la tocaron. Desaté los cabos y abrí el rollo lo suficiente para exponer el panel central, sobre el cual había escritas sólo dos palabras: «Dios es», y nada más. Luego desenrollé un poco más el rollo lentamente, y diminutas letras negras comenzaron a aparecer en ambos paneles laterales. La Voz me explicó la situación:
«Si miras al panel de la izquierda serás capaz de leer sobre todo lo que sucedió en el pasado. Y si miras al panel de la derecha serás capaz de leer sobre todo lo que ocurrirá en el futuro».
Detengámonos aquí, en este punto de la visión, y preguntémonos: ¿qué sentirías tú en ese momento? En el panel central hay lo que fácilmente podría tomarse por un tópico espiritual bastante aburrido. Pero en el panel de la izquierda podrías leer todo lo que sucedió en el pasado: tu propio pasado, tus vidas pasadas y el pasado del mundo, la historia universal. Y en el de la derecha podrías averiguar todo lo que va a suceder: cuándo conocerás al hombre o a la mujer de tus sueños, quién ganará las próximas elecciones, cuándo entrará la humanidad en contacto con una raza extraterrestre... lo que quisieras saber. Veamos cómo reaccionó Helen:
Las pequeñas letras a los lados del panel se estaban haciendo más claras, y durante varios minutos me sentí tentada a mirarlas. Luego tomé la decisión. Envolví el rollo para ocultarlo todo excepto el panel central.
«No estoy interesada ni en el pasado ni en el futuro», dije, con finalidad. «Simplemente me detengo en esto».
La Voz sonaba tanto tranquilizada como tranquilizadora. Me asombró la profundidad de la gratitud que de algún modo transmitía. «Gracias», dijo. «Esta vez lo lograste. Gracias».
Y ya estuvo, tal parecía.2
Helen sabía que aquella elección no era insignificante. Dijo saber que era «una decisión irrevocable». No había vuelta atrás. En aquella visión privada había trazado el camino que tenía por delante. De hecho, como sabe la mayoría de los estudiantes del Curso, fue su aceptación de su papel como escriba del Curso. Se parecía mucho a la experiencia de la Clínica Mayo, en la que se encontró ante dos usos de sus capacidades psíquicas. Pero esta vez tenía que elegir con firmeza entre ellos. Y esta vez una de las alternativas no era solo usar sus capacidades para algo útil, sino usarlas para Dios. De hecho, podría verse en los paneles del pergamino un símbolo de lo que ella produciría con sus capacidades: algún tipo de escritura que fuera la expresión de esas capacidades. Si hubiera elegido de otra manera, quizá se habría convertido en una vidente famosa, autora de libros que revelaran los secretos del pasado y del futuro, algo que, desde luego, no es raro entre los videntes. En vez de eso, escribió un libro que trataba por completo de Dios. Después de esta visión, ese libro no tardó en empezar a llegar a través de ella. Jesús pareció referirse a esta elección más adelante, cuando dijo:
Observa que tú [Helen] no necesitas su [la de Bill] ayuda como escriba, porque tú desarrollaste esa habilidad por tus propios esfuerzos, y finalmente los pusiste a Mi disposición.3
Creo que así es como funciona con nuestras capacidades. Las desarrollamos con nuestro propio esfuerzo y por nuestras propias razones. Las desarrollamos para conseguir lo que queremos. Pero luego, al final, cuando usarlas no nos consigue lo que queremos y solo nos mete en líos, las ponemos a disposición de una autoridad superior. La visión de la cueva del pergamino fue el momento en que Helen lo hizo.
¿Qué quería decir Jesús con «Esta vez lo lograste»? Varias cosas parecen indicar que se refería a vidas pasadas, a las veces en que no lo logró. La naturaleza misma de la escena de la visión lo sugiere: toda ella da la impresión de que Helen vuelve a visitar una situación antigua. La frase que acabo de citar también lo implica, porque Helen no desarrolló esas capacidades con esfuerzos hechos en esta vida. En su vida como Helen, nunca había hecho ningún esfuerzo por desarrollar capacidades psíquicas. Y cuando Jesús dice «y finalmente los pusiste a Mi disposición», eso sugiere un largo periodo entre el desarrollo de las capacidades y el momento en que se las entregó a él.
Esta línea de pensamiento se apoya en otro comentario de Jesús:
Tu agudo problema anterior para anotar las cosas procedía de un muy anterior [i.e., de una vida pasada] uso inadecuado de unas habilidades muy grandes como escriba. Estas se tornaron en una ventaja secreta más bien que compartida, privando a la capacidad de su potencial milagroso y desviándola hacia la posesión.4
Puede que Helen pensara que simplemente tenía un bloqueo de escritora. Pero en realidad, cuando se sentaba a escribir, chocaba con un miedo antiquísimo. En alguna vida pasada (o en varias) había tenido «unas habilidades muy grandes como escriba», lo que parece referirse al uso de sus capacidades psíquicas en forma de escritura. Por desgracia, las había usado mal, en provecho propio (una «ventaja secreta») y no para el bien común. Eso la asustó profundamente y la llevó a querer cortar la expresión de esas capacidades. Cuando usamos una capacidad para hacer daño, algo en nosotros concluye que la solución es bloquear la expresión de esa capacidad (como el asesino que quiere que lo atrapen para que lo detengan), en vez de renunciar al impulso de hacer daño. Así que en esta vida, cuando Helen se sentaba a escribir, algo muy hondo en su mente le decía: «Si no escribes, no podrás hacer lo que hiciste antes», y eso le impedía escribir. La dejaba en la situación de querer ser escritora y, sin embargo, tener una dificultad terrible para escribir nada.
Lo que nos importa aquí es que, al hacer la elección que hizo en su visión, Helen estaba invirtiendo una pauta muy antigua, que probablemente se remontaba a miles de años atrás.
La cueva de Qumrán
Después de que Helen terminara de poner por escrito el Curso, en el otoño de 1972, ella y Bill conocieron a Ken Wapnick. Por entonces Ken pensaba pasar el resto de su vida en un monasterio de Israel. Pero cuando Helen y Bill le enseñaron el Curso, enseguida supo que ellos eran su familia espiritual y que debía dedicar su vida al Curso. Planeó entonces volver una temporada a Israel para decirles a los monjes que sus planes habían cambiado. Sin embargo, de pasada le habló a Helen de una cueva que había en aquel monasterio y que él y otros habían pasado tiempo excavando para que la comunidad pudiera usarla como capilla. Helen sintonizó de inmediato con la cueva de forma psíquica, empezó a describirla con detalle y dijo que en la esquina inferior izquierda había algo de gran valor. Pensaba que podía ser el Santo Grial, el cáliz de la Última Cena. Bill, que en general se mostraba escéptico al respecto, pensaba que quizá hubiera allí un pergamino importante, enterrado en un cilindro. Un joven técnico de rayos X llamado Freddie, que trabajaba en el hospital donde trabajaban Helen y Bill y que tenía capacidades psíquicas propias, pensaba que allí podían estar los huesos de María Magdalena, algo que Helen ya parecía haber pensado por su cuenta.
Esto dio lugar a un episodio fascinante y algo estrambótico de la historia del Curso, en el verano de 1973. Ken volvió a Israel, y unas semanas después lo siguieron Helen y Bill, que en parte por la cueva habían decidido visitar Tierra Santa con sus parejas (Louis y Chip). El abad del monasterio pensaba tapiar la zona de la cueva donde supuestamente estaba aquel objeto importante, pero Ken lo convenció de que esperara para poder hacer una excavación de cuatro días.
Como podrás imaginar, Ken no encontró el objeto importante que todos esperaban. Encontró algunas monedas y fragmentos de cerámica, nada sorprendente en esa región. El último día de la excavación encontró un anillo antiguo que, con el tiempo, se dató en una época anterior a Cristo. El anillo tuvo un gran significado espiritual para él, pero era evidente que no era el cumplimiento de lo que esperaban.
Un par de semanas después de la excavación de Ken llegaron Helen, Bill, Louis y Chip. En un momento dado, Bill empezó a insistir en que visitaran las ruinas de la comunidad de Qumrán, donde se escribieron los manuscritos del Mar Muerto. Fueron, y cuando lo hicieron, los extraños acontecimientos de aquel verano cobraron sentido.
Casi desde el momento en que llegamos a Qumrán, Helen se sentía visiblemente conmovida, muy poco característico de ella. Mientras estábamos en la sede de la antigua comunidad, miramos a través del área acordonada hacia una serie de cuevas, inclusive la cueva donde se habían encontrado los pergaminos en un cilindro no muy distinto a lo que Bill pensó que podría haber en «mi» cueva. En cierto momento Helen prorrumpió en llanto, y nos dijo que la cueva frente a ella era la cueva exacta que ella había visto en su visión del pergamino «Dios Es». Luego exclamó que estaba de pie sobre el lugar más santo de la tierra.
Al darse la vuelta para mirar hacia el Mar Muerto, no lejos de Qumrán, Helen comentó que el nivel del agua era demasiado bajo, y que debía ser considerablemente más alto. Bill consultó su libro guía, y ciertamente este afirmaba que hacía dos mil años el nivel del agua en efecto había sido mucho más alto. [Esto es correcto, por cierto: hoy el Mar Muerto está bajísimo.] Helen y yo caminamos entonces hacia algunas de las ruinas, y ella me dijo de su fuerte impulso de caminar sobre el área que los esenios habían utilizado como su cementerio. Pero luego sintió un impulso igualmente fuerte proveniente de Jesús que le indicaba que no lo hiciese, al oír que él le decía: «Deja que los muertos entierren a los muertos». Y así que Helen se mantuvo alejada de lo que ella consideraba que había sido la sede de su propia tumba, hacía mil novecientos años.
Helen, Bill y yo estábamos discutiendo más tarde esta mañana más bien emotiva, cuando se nos ocurrió a todos que era esta cueva en Qumrán, y lo que ésta representaba para Helen, la que era el verdadero objeto de lo que tanto nos había preocupado durante el verano. Esa preocupación había sido desplazada hacia la cueva en el monasterio.5
He estado reflexionando sobre el significado de esta experiencia, y me llaman la atención varias cosas. La primera, que no se diferencia tanto de la experiencia de la Clínica Mayo. Así como sus impresiones psíquicas sobre una iglesia trataban en realidad de una iglesia completamente distinta, aquí sus impresiones psíquicas sobre una cueva trataban en realidad de una cueva completamente distinta. Y creo que eso forma parte del mensaje. Sus capacidades no debían dedicarse a hazañas impresionantes pensadas para demostrar que eran reales —lo que la primera iglesia y la primera cueva simbolizaban, al menos en parte—, sino a algo más grande que ella, simbolizado por la segunda iglesia y la segunda cueva.
Para mí, el sentido principal de la experiencia es reforzar la realidad de su visión anterior de la cueva. Piénsalo: en una visión que parece tratar de volver a visitar una vida pasada, Helen entra en «una cueva en una formación de rocas en una costa desolada, arrasada por el viento». Allí, en el suelo de la cueva, encuentra un pergamino antiguo. El pergamino habla de Dios, pero también de indagar en el pasado y leer psíquicamente el futuro. En la visión toma una decisión que le cambia la vida, pero ¿fue real la visión? ¿No sería solo un puñado de imágenes producidas por una imaginación hiperactiva?
Ahora, en cambio, ocho años después y al otro lado del mundo, encuentra una cueva en una formación de rocas en una costa desolada, arrasada por el viento. Dice que parece exactamente la misma cueva. En el suelo de esta cueva se encontraron pergaminos antiguos, igual que en su visión. Esos pergaminos eran los escritos de los sectarios esenios que vivían en la comunidad cercana (al menos, la mayoría de los estudiosos cree que los produjo una comunidad esenia asentada allí). Trataban de Dios, porque aquellos monjes estaban profundamente consagrados a Dios, pero también trataban de indagar en el pasado y profetizar el futuro. Los escribas de esta secta usaban un método de comentario (el pésher) en el que tomaban textos de las escrituras hebreas y los interpretaban como profecías sobre los acontecimientos presentes y futuros de su comunidad (de forma muy parecida a como los cristianos evangélicos de hoy interpretan el libro del Apocalipsis como si hablara de lo que pasa en nuestra sociedad actual). Dicho de otro modo, aquella comunidad estaba muy centrada a la vez en Dios y en el pasado y el futuro, y por eso producía pergaminos que el pergamino de la visión de Helen simbolizaba muy bien.
Imagina el efecto que tendría esto en ti si fueras Helen. Sería difícil no sentir que la vida pasada que habías vuelto a visitar en aquella visión fue una vida real, vivida en un tiempo y un lugar concretos. Sería difícil no suponer que fuiste uno de los escribas de esa comunidad, y que quizá incluso escribiste algunos de los pergaminos que se descubrieron. De hecho, como parte de aquel comentario anterior sobre el «muy anterior [...] uso inadecuado de unas habilidades muy grandes como escriba», Jesús dijo algo significativo: «Parte del material original está todavía en el Templo».6 Así que algunos de los escritos de aquella escriba seguían en su lugar original.
Pero me parece que lo importante no es quedarnos atrapados en la aparente vida pasada de Helen como escriba de Qumrán. Al fin y al cabo, Jesús dijo con toda intención: «Deja que los muertos entierren a los muertos»; que los muertos en espíritu se ocupen de los muertos en el cuerpo. Creo que el sentido de toda la experiencia era subrayar la veracidad de su visión de la cueva del pergamino. Si la vida pasada que eligió corregir fue real, la corrección cobra más importancia. Si en una vida pasada fue de verdad aquella escriba que usó mal sus capacidades, resulta aún más significativo que en esta vida fuera una escriba que usó sus capacidades solo para Dios. Lo importante, entonces, no es poner el acento en el pasado, sino en la corrección de ese pasado en el presente.
Decimos «Dios es», y luego dejamos de hablar
La visión de Helen tiene un eco claro en este pasaje de la Lección 169 del Libro de ejercicios:
La unidad es simplemente la idea de que Dios es. Y en Su ser Él abarca todas las cosas. Ninguna mente contiene nada excepto a Él. Decimos «Dios es», y luego dejamos de hablar, pues en ese conocimiento las palabras carecen de sentido. No hay labios para pronunciarlas, ni parte de la mente suficientemente distinta para sentir que ahora es consciente de algo que no es ella misma. Se ha unido con su Fuente, y al igual que la Fuente Misma, simplemente es.
No podemos hablar ni escribir ni siquiera pensar acerca de esto en absoluto. Llega a toda mente cuando el reconocimiento total de que su voluntad es la de Dios ha sido completamente dado y completamente recibido. Devuelve la mente al presente interminable, donde el pasado y el futuro no pueden concebirse. Yace más allá de la salvación; más allá de todo pensamiento de tiempo, perdón y el santo rostro de Cristo. El Hijo de Dios simplemente ha desaparecido en su Padre, tal como su Padre ha desaparecido en él. El mundo nunca existió en absoluto. La eternidad permanece como un estado constante. (L-169.5-6)7
Esto da a la imagen de la visión de Helen un significado mucho más profundo. Ahora el panel central se ha convertido en el Ser de Dios, en el hecho de que Dios es, que abarca todo ser, también nuestro ser. Y el panel central se ha convertido además en «el presente interminable», lo que ahonda lo que ya sugería la visión original: que el panel central se identifica de algún modo con el presente, puesto que estaba entre el pasado y el futuro.
Si el panel central es el Ser mayor del que formamos parte, y es también el presente interminable, entonces el panel central representa lo que de verdad tenemos inmediatamente presente, aquello de lo que de verdad formamos parte. Es el hecho central de nuestra existencia, un hecho central que está aquí mismo, delante de nosotros, ni a la izquierda ni a la derecha; que nos mira a la cara y nos llama a reconocerlo y a desaparecer en él.
Nosotros, sin embargo, nos las arreglamos para pasar por alto ese panel central, absortos en los paneles de la derecha y de la izquierda: «el pasado y el futuro» (que también se mencionan en el pasaje), el drama del mundo. No son lo que tenemos inmediatamente presente. No son aquello de lo que de verdad formamos parte. Y aun así conseguimos quedar absortos en ellos, en lo lejano, lo apartado, lo externo, lo ilusorio, y de algún modo desarrollamos un punto ciego para lo que de verdad nos mira a la cara, para lo que es el hecho central de nuestra existencia.
Nuestro objetivo es reconocer ese hecho central, ese panel central. Cuando lo hacemos, todo se invierte. Aquello para lo que estábamos ciegos se vuelve todo, y lo que era todo se desvanece en la nada. Cuando decimos «Dios es» y lo decimos en serio, cuando reconocemos de verdad el Ser de Dios, nos damos cuenta de que formamos parte de ese Ser de forma inseparable y, por tanto, de que no podemos quedarnos fuera y hablar de él, ni siquiera pensar en él, porque no hay un fuera. Hemos desaparecido por completo en él. Ahora el panel central no es una opción entre otras. El panel central se ha convertido en todo. Se ha convertido en la totalidad, una totalidad que nos abarca. Ya no hay un observador que elija entre el panel central y los laterales. No hay paneles a la izquierda ni a la derecha. No hay observador. Solo está el Ser de Dios.
Ejercicio
Según lo anterior, el panel central representa el hecho central de nuestra existencia, que de algún modo nos las arreglamos para eludir mientras buscamos distracciones a la derecha o a la izquierda. Ese hecho central es el Ser de Dios y nuestra unidad con ese Ser. Pero puede adoptar formas distintas para cada persona, y formas distintas en distintos momentos de la vida de una misma persona. Para Helen, ese hecho central adoptó la forma de usar sus dones psíquicos para Dios. Para nosotros, probablemente adoptará otra forma.
Empieza el ejercicio poniéndote cómodo, cerrando los ojos e imaginando que entras en una cueva en una formación de rocas, en una costa desolada y azotada por el viento. Una vez dentro, ves un pergamino antiguo en el suelo de la cueva. Sus extremos están enrollados en torno a unos pesados palos con puntas doradas, y los dos lados se tocan en el centro. Abres el pergamino lo justo para dejar a la vista el panel central.
Por el momento, el panel central está en blanco, pero en él aparecerá el hecho central que estás aquí para comprender, la gran verdad que, si la aprendieras, completaría tu propósito aquí. Puedes eludir esa verdad, puedes pasar el tiempo centrado en otras cosas y dejar que pasen largas temporadas sin pensar siquiera en ella; pero sigue siendo la verdad central, lo que estás aquí para comprender.
Deja que en ese panel central aparezcan las palabras que la describen. Si pasa el tiempo y no viene nada, pregunta interiormente al Espíritu Santo qué es.
Cuando tengas alguna idea de qué es, aunque sea imperfecta, abre más el pergamino y deja a la vista los paneles de la izquierda y de la derecha. En ellos están escritas todas las formas en que eludes, niegas o resistes ese único hecho central: todas las escapatorias, todas las evasivas, todas las distracciones, todos los sustitutos.
Ahora abre los ojos y escribe en el «pergamino» de abajo lo que hay en tu panel central y lo que hay en los de la izquierda y la derecha.
Cuando hayas terminado, pasa tres minutos mirando tu pergamino e intentando tomar una decisión. ¿Decidirás, como Helen, «simplemente detenerte en esto»?
| Panel lateral | PANEL CENTRAL | Panel lateral |
|---|---|---|
Si quieres saber más de Helen, empieza por «Helen Schucman: quién fue la escriba de Un Curso de Milagros». Sobre el papel de Bill Thetford, puedes leer «¿Editó Bill Thetford Un Curso de Milagros?»; y sobre lo que pasó el día en que Helen empezó a escribir el Curso, «Cincuenta años del comienzo de Un Curso de Milagros».
Robert Perry, «The Spiritual Experiences of Helen Schucman: Helen’s Scroll Cave Vision», Circle of Atonement. Traducción del Círculo Reparador. Las citas de Ausencia de felicidad son de la edición española (El Grano de Mostaza, 2006), y las páginas, las de esa edición.
Foto de portada: las cuevas de Qumrán, de James Emery, con licencia CC BY 2.0.