Las experiencias espirituales de Helen Schucman: la visión de la barca
por Robert Perry
Robert Perry, del Circle of Atonement, escribió este artículo como parte de una serie de clases sobre las experiencias espirituales de Helen Schucman, la escriba de Un Curso de Milagros. Lo publicamos traducido al español. Si quieres conocer primero quién fue Helen, lo tienes en «Helen Schucman: quién fue la escriba de Un Curso de Milagros»; y si buscas un resumen de quién escribió Un Curso de Milagros, lo tienes en nuestra página sobre el Curso.
Lo que yo llamo la visión de la barca de Helen es lo que ella llamaba la Serie III, la última de su serie de visiones interiores. Es mucho más larga que las demás y tiene un argumento claro.
[El relato comenzó] mientras estaba vagando a orillas de un lago, y me acercaba a un bote grande abandonado que yacía sobre un costado, con una puerta que conducía a la cabina abierta de par en par. El bote estaba atado con sogas muy gruesas a un ancla de metal sumergida profundamente en el barro que cubría la mayor parte del bote también, aparentemente impidiendo su rescate. Obviamente había sido abandonado años atrás. De algún modo sabía que se suponía que yo lo pusiese a funcionar de nuevo, aunque rescatarlo parecía casi imposible.
Sabía que no podía liberar el bote sin ayuda pero no obstante me sentía impulsada a tratar. Inútilmente halaba las sogas con fuerza, las cuales eran tan pesadas que apenas podía levantarlas. Además el barro era tan resbaloso que hacía que me cayese. Clamé por ayuda, aunque sabía que no había probabilidad de que alguien me oyera en un lugar tan desierto. Cruzó por mi mente que tal vez podría telefonear pidiendo ayuda, pero esto tampoco parecía posible puesto que no había casas en derredor. Era una situación frustrante. Me di cuenta de la importancia de liberar el bote pero también tenía conciencia de mi total incapacidad para hacerlo. Y luego me llegó la respuesta. Había estado actuando de manera equivocada.
«Dentro del bote hay un aparato emisor y receptor muy poderoso», decía la Voz interior. «No lo han usado durante mucho tiempo pero aún funciona. Y esa es la única forma en que lograrás echar a caminar el bote de nuevo».
El primer episodio terminó ahí.1
Liberar la barca y ponerla en marcha representa claramente que Helen retoma el viaje espiritual que, al parecer, había emprendido hace mucho tiempo. Hay un pasaje del Curso que alude a esta misma idea:
No tengas miedo. Solo reanudamos un viaje antiguo, comenzado hace mucho tiempo, que solo parece nuevo. Hemos vuelto a emprender un camino que ya recorrimos antes, y en el que nos extraviamos por un tiempo. Y ahora volvemos a intentarlo. Nuestro nuevo comienzo tiene la certeza que al viaje le faltaba hasta ahora. (C-ep.3:1-5)2
Puede que nuestra barca no esté atascada ahora, como lo estaba la de Helen. Puede que se atascara hace tiempo, cuando empezamos el viaje espiritual, o puede que nunca lo estuviera. Pero esta imagen sí sugiere que nuestro viaje espiritual es algo muy antiguo, algo que se puede abandonar durante largas temporadas y luego, cuando parece imposible sacarlo del atasco, retomarlo (aunque quizá no sin cierta dificultad). Desde el punto de vista del Curso, eso tendría sentido, porque implica que estamos en el estado de separación desde antes del comienzo del tiempo, que ocurrió hace trece mil millones de años. Es fácil imaginar que no hemos buscado activamente a Dios durante todo ese tiempo, que hemos dejado de lado el viaje espiritual durante largos periodos, quizá siglos o más, para acabar, inevitablemente, sacándolo del barro y volviendo a ponerlo a navegar.
Ejercicio: cierra los ojos e intenta imaginar tu viaje espiritual como un viaje en barca. Tu barca puede estar atascada en el barro, anclada en alta mar, navegando con suavidad o con dificultad, rápido o despacio, por un mar agitado o entre rocas peligrosas, etc. ¿Qué imagen te viene?
Varias cosas más bien confusas sucedieron luego. Un Hombre salió de algún lugar, y juntos conseguimos sacar el ancla del lodo, enderezar el bote y finalmente lanzarlo al agua. Entonces comenzó a moverse, aunque el ancla arrastraba un poco al principio. El bote ganó impulso, sin embargo, y parecía embarcarse en un curso muy definido, casi con un poder propio. No tenía idea de adónde iba, pero aparentemente no era necesario que lo supiese. El Hombre lo sabía. Eso bastaba.
Después que el bote seguía su curso por un rato el agua comenzó a ponerse brava y yo empezaba a sentir miedo. Afortunadamente el Hombre estaba en el bote, ataviado para el peligro con un impermeable amarillo, casco y botas. Esta vez lo identifiqué como Jesús. Yo estaba llevando el timón con inseguridad cuando él llegó, y me quitó el timón de la mano.
«Vete a sentar allá», me dijo firmemente pero no sin bondad. «Habrá mal tiempo durante un rato. Te sacaré de esto y luego puedes llevar el timón de nuevo».
Yo no estaba ni sorprendida ni particularmente impresionada. Incluso parecía haber estado esperándolo. Me senté inquieta en un banco a lo largo de un costado del bote.
«Si crees que va a haber dificultad», dije tímidamente, «tal vez debamos utilizar ese aparato emisor y receptor que está en el bote y pedir más ayuda».
«Nos mantendremos alejados de eso», dijo el Hombre, rápida y aún más firmemente. «Aún no estás lista. Simplemente te meterías en dificultades. Cuando estés lista para utilizarlo, te lo diré. Mientras tanto, no te preocupes. Lo lograremos, todo bien».
Yo observaba mientras el Hombre timoneaba el bote a través de un pasaje muy estrecho en el cual la corriente era sorpresivamente fuerte. Una tormenta rugía violentamente alrededor de nosotros. La lluvia caía a raudales de un cielo negro, y olas enormes se alzaban por encima de los costados del bote y caían con fuerza sobre la cubierta. Con gran extrañeza, yo ni siquiera me mojaba. Gradualmente la tormenta amainó, el bote emergió en aguas tranquilas, y encontré la rueda del timón nuevamente en mis manos. «Puedes hacerte cargo, ahora», dijo él. «Yo vigilaré».3
La barca lleva tanto tiempo atascada en el barro que Helen, sencillamente, no puede ponerla en marcha sin ayuda. De hecho, su incapacidad para hacer este viaje por su cuenta es uno de los grandes temas de la visión. No puede desatascar la barca sola. No puede fijar un destino. No puede usar el aparato emisor y receptor. No puede gobernar la barca en la tormenta.
Esto, claro, abre la posibilidad de que lo mismo valga para nuestro propio viaje: de que no estemos a la altura de capitanear el barco. Parece que somos nosotros quienes mandamos, pero ¿lo somos? ¿Cuánto tiempo nos llevan en brazos sin que lo veamos, aunque nos sintamos completamente solos? Me recuerda la famosa historia de las «Huellas en la arena», en la que un hombre descubre en un sueño que, en los momentos más difíciles de su vida, no caminaba solo, sino que Jesús lo llevaba en brazos.
El aparato emisor y receptor es interesante. Solo podemos suponer que representa las capacidades psíquicas de Helen, y que usarlo sería, por tanto, su función especial. La recepción tiene que ser, evidentemente, su capacidad de oír la voz de Jesús. La emisión es algo más enigmática, pero algún tiempo después Helen tiene una experiencia en la que parece salvar del suicidio a un amigo de Bill «enviándole» un mensaje mental: «La respuesta es la vida, no la muerte».4 La emisión recuerda también su visión de la sacerdotisa en el templo, en la que enviaba sin cesar oraciones a quienes acudían a ella en busca de ayuda. La emisión no pareció cobrar mucha importancia en su vida después de esa experiencia, pero cabe pensar que seguía siendo una capacidad importante, que podía ser de gran utilidad.
¿Qué significa que todavía no esté lista para usar el aparato emisor y receptor? Debe de significar que no está lista para usar esa capacidad sin que intervenga su ego, y por eso usarla solo la «meterá en dificultades». En los meses que siguieron a esta visión, Helen iba a pasar por un proceso en el que primero tomó conciencia de cómo su ego usaba sus capacidades y luego se las entregó a Dios para que Él las usara. Solo entonces fue seguro que el Curso empezara a llegar a través de ella.
Uno se pregunta si no tendremos capacidades de las que no somos conscientes porque todavía no estamos listos para volver a usarlas. Y se pregunta cuáles podrían ser.
La otra cosa que me interesa de esta parte es la tormenta. Creo que es demasiado frecuente empezar el viaje espiritual, o un tramo muy importante de él, y que nos caiga encima una tormenta de inmediato. A veces la tormenta es tan violenta que lo único que podemos hacer es aguantar y confiar en que algo nos guíe a través de ella. ¿Te has visto alguna vez en una tormenta así? Cuando se lo pregunté a la clase, todos se echaron a reír. Por lo visto, la respuesta era obvia.
El Hombre, todavía Jesús, se había quitado el impermeable, y estaba holgazaneando cómodamente en pantalones cortos y una camisa de verano de cuello abierto. El tiempo se había tornado cálido y soleado, el agua serena y el bote era fácil de timonear. Estábamos juntos de pie al volante y conversando. Noté que usaba una cadena de oro alrededor del cuello, con un pequeño símbolo poco familiar que colgaba de la misma. Pensé que tal vez sería una letra hebrea.5 Luego recordé algo.
«Yo tengo uno como ese», dije, mirando el símbolo. «De hecho, lo estoy usando en este momento».
«Yo lo sé», respondió el Hombre, sonriendo.
«Lo único es que», añadí, «el mío va del otro lado».
«También sé eso», dijo el Hombre, sonriendo aún. «A propósito, este también es tuyo igual que el que estás usando. Te lo guardaré un tiempo más, sin embargo, pero prometo que te lo entregaré cuando lo puedas usar y te sea de utilidad».
Los dos símbolos, imágenes exactas el uno del otro, estaban tan claras en mi mente que las copié más tarde. Una iba de izquierda a derecha y la otra de derecha a izquierda. Por lo demás eran idénticas. Algún tiempo después me encontré con un amigo que había sido un erudito hebreo, y le pregunté si los reconocía. Al principio estaba inseguro, pero finalmente reconoció los símbolos. «¡Por supuesto!», dijo él, «el símbolo del milagro del reverso». Tuvo que explicarme que cuando Moisés bajó del Monte Sinaí donde Dios le dio los diez mandamientos, las palabras se podían leer correctamente lo mismo por el anverso que por el reverso de las tablas, aun cuando esto no era posible por medios ordinarios.
Mis reacciones a esta información eran curiosamente mixtas. Por una parte estaba encantada y profundamente impresionada. Por otra parte, sin embargo, me sentía irritada y hasta con ira. Sería más adecuado decir que estaba atemorizada. Aún encontraba difícil de creer que mis cuadros fuesen más que intentos irreales de que se cumplieran mis deseos, y me las ingenié para de algún modo descartar mucho de lo que ya había visto y oído sobre el particular. No me gustaba este tipo de cosa, y me resultaba difícil darle crédito. Esto, sin embargo, era más difícil de justificar fácilmente con explicaciones.6
¿Qué podrían significar estos dos símbolos? ¿Qué sabemos de ellos?
- El de Helen iba en sentido contrario al de Jesús.
- Ella todavía no estaba lista para usar el de Jesús.
- En realidad era de ella; él solo se lo guardaba por ahora.
En clase lo discutimos largo rato. No sé si llegamos a ver con verdadera claridad qué era el medallón que Helen llevaba entonces. Pero todos parecimos coincidir en que el que Jesús llevaba por ella era su función, su papel como escriba del Curso. Eso encajaría con las palabras de Jesús de que se lo guardaría hasta «cuando lo puedas usar y te sea de utilidad». Así se parece mucho al aparato emisor y receptor, que ella tampoco estaba lista para usar y que también simbolizaba su función. Encajaría también con la referencia a las tablas de los diez mandamientos, que se pueden ver fácilmente como un símbolo del Curso. Y encajaría con el final de la visión, al que estamos a punto de llegar.
Uno no puede dejar de preguntarse: ¿hay algo, algún papel, que Jesús nos esté guardando, un papel hecho a nuestra medida, pero para el que ahora no estamos preparados?
Ejercicio: dedica unos cinco minutos a preguntarle a Jesús interiormente: «¿Hay algún papel que me estés guardando hasta que esté preparado? Si es así, ¿cuál es?».
Quizás fue mi incomodidad lo que detuvo el resto de la serie durante algún tiempo, y cuando el próximo episodio sí apareció tomó la forma de un sueño. De la manera característica de un sueño, el bote se convirtió en un automóvil. Yo iba al volante cruzando un puente con mucho tránsito. Quería hacer un viraje a la derecha pero me encontraba en el carril equivocado y otro carro estaba obstruyendo mi camino. Ambos estábamos atrapados, con automóviles al frente y detrás. La situación era un gran embotellamiento de tránsito. Aparentemente, no había manera posible de que yo pudiese hacer el viraje, aun cuando era esencial que lo hiciese.
«Si trato de virar me estrellaré contra el automóvil que está al lado mío», pensé, «y si este dobla hacia la derecha no voy a tener tiempo suficiente de hacer el viraje a la derecha antes de que el espacio se llene y quede atrapada otra vez».
Me sentía muy molesta con esto, y seguía tratando de pensar en formas de hacer el viraje. Pero todas eran inadecuadas, la mayoría desastrosas, y una o dos podrían resultar fatales. Y entonces me llegó la solución.
«Lo haremos juntos», pensé, felizmente. «No habrá dificultad alguna». Y así nuestros dos automóviles hicieron juntos el viraje a la derecha. «Es gracioso que jamás lo pensara antes», me dije a mí misma a medida que el cuadro se desvanecía.7
Creo que esto alude claramente a la unión de Helen con Bill. Como el coche es en realidad la misma barca, significaba que el viaje espiritual de Helen y el de Bill tenían que girar a la vez si ella iba a llegar adonde iba.
¿Hay alguien en tu vida de quien, a tus ojos, se pueda decir lo mismo? ¿Hay alguien que tenga que girar a la vez que tú para que tu viaje vaya en la dirección correcta? ¿Crees que esa persona girará contigo?
La próxima vez me encontraba sola en el bote, consciente aún de haber hecho el viraje a la derecha. El bote se movía fácilmente y con lentitud a lo largo de un lindo canal estrecho. El paisaje era bastante hermoso y muy apacible. El canal estaba bordeado por hermosos árboles y verdes prados adornados en la orilla con riberas floreadas, y sólo había brisa suficiente para ayudar a que el bote se desplazase.
«Me pregunto si habrá un tesoro enterrado aquí», pensé para mis adentros, ensoñadoramente. «No me sorprendería que lo hubiese. Es justo el lugar para ello». Entonces noté un palo largo con un gancho en la punta, el cual yacía en el fondo del bote. «Justo lo que necesito», pensé, lanzando el gancho en el agua tranquila y llevando el palo tan profundamente como me era posible. El gancho capturó algo pesado y lo levanté con dificultad. Era un antiguo cofre de tesoro, la madera gastada por el agua, pero con los bordes de metal y el candado aún intactos. El fondo estaba cubierto de algas marinas. Logré subir el cofre al bote y lo abrí con gran entusiasmo.
Me sentí amargamente desilusionada. Había esperado un tesoro enterrado, probablemente joyas o monedas, pero en el cofre no había nada excepto un gran libro negro. La encuadernación era como las «carpetas de tesis» que se utilizan para guardar temporalmente manuscritos grandes o trabajos escritos. En el lomo, impreso en oro, aparecía la palabra «Aesculapius». Cuando lo busqué encontré que era el nombre del dios griego de la sanación. Unas noches después vi el libro de nuevo. En esta ocasión había una hilera de perlas a su alrededor. Ni Bill ni yo teníamos idea de qué representaba el libro hasta que un día, mucho tiempo después, de pronto nos dimos cuenta de que la encuadernación se parecía a las carpetas para tesis en las cuales habíamos puesto el manuscrito original del curso para protegerlo.8
Asclepio (Esculapio, en su forma latina) era un sanador divino de la antigua Grecia. Fue la divinidad más popular del mundo helenístico antiguo, con más de doscientos santuarios dedicados a su culto. Se decía que era hijo de un padre divino y de una madre humana. Era bondadoso (de ahí puede venir su nombre), estaba dispuesto a ayudar a los que sufrían, obraba curaciones misteriosas e incluso podía resucitar a los muertos. Con todo esto, no es de extrañar que, cuando surgió el cristianismo, le hiciera la competencia a Cristo, y que los obispos cristianos, como cabía esperar, intentaran destruir todos sus templos.
Dados los interesantes paralelismos entre Asclepio y Jesús, y su función de sanador milagroso, no cuesta ver en el libro de la visión un símbolo del Curso.
Este es el final apacible del largo viaje, en el que Helen espera encontrar un tesoro enterrado y, en cambio, para su desilusión, encuentra un tesoro aún mayor. Ese tesoro se ha ido anunciando a lo largo de toda la visión. Al fin y al cabo, durante todo el viaje la ha guiado una figura parecida a Asclepio. Le han dicho que algún día usaría el aparato emisor y receptor. Le han mostrado el símbolo de un papel que le guardan, que era también un símbolo de las tablas de los diez mandamientos. Todo el viaje ha llevado a esto: al descubrimiento de su destino, de su función. Este es el clímax, aquello hacia lo que todo apuntaba.
Lo cual plantea una pregunta: ¿es así como vemos nuestra función? ¿La vemos como un tesoro magnífico que nos espera al cabo de un viaje largo y lleno de peripecias, un tesoro que se ha ido anunciando de muchas maneras a lo largo de ese viaje? La importancia suprema que esta visión da a su función me recuerda su primera visión de la sacerdotisa, en la que Helen preguntó en voz alta: «¿Esto significa que yo puedo recobrar mi función?». Cuando la respuesta fue «¡Por supuesto!», literalmente comenzó «a danzar alrededor del salón en una intensa oleada de felicidad como jamás había sentido antes».9
Para muchos de nosotros, la idea de nuestra función especial es muy vaga y difusa. Pensamos que quizá sea solo la función de perdonar a las personas de nuestra vida, o la de aceptar la Reparación para nosotros mismos. Creo que en torno a este tema hay tanto desacuerdo, tanta falta de claridad y tanta confusión, que acaban anulando nuestra respuesta emocional. Esa respuesta apagada contrasta de lleno con la reacción desbordante de Helen al saber que podía recobrar su función. Quizá tengamos que mirar el tema de la función especial de una manera nueva.
Quienes creemos que ya hemos encontrado nuestra función probablemente también tenemos algo de dificultad para identificarnos con la felicidad de Helen. Porque, si estamos cumpliendo nuestra función, seguramente hay en ella mucha rutina diaria, incertidumbre y sudor, además de la duda de si todo esto es viable, de si a alguien le importa de verdad. Pero si miramos a Helen cumpliendo su función —poniendo por escrito el Curso—, vemos que ella también pasó por todo eso. Sentía resistencia, lo veía como un deber que le habían impuesto sin motivo y solo de vez en cuando se sentía transportada mientras escribía. Y, sin embargo, creo que la realidad está en estas visiones. Son la verdadera guía de lo que debería haber sido, idealmente, su vivencia emocional de su función.
Creo que el desafío es darnos cuenta de que, mientras cumplimos nuestra función, por lo general no estamos en contacto con la naturaleza real de lo que hacemos. No estamos en contacto con su gloria ni con su importancia luminosa. Si lo estuviéramos, nos veríamos, como Helen, danzando por la habitación en una intensa oleada de felicidad. Así que nosotros —quienes estamos cumpliendo nuestra función— también tenemos que mirar el tema de la función especial de una manera nueva.
Quizá el desafío que la visión de la barca de Helen nos plantea a todos sea ver nuestro papel en el plan de Dios a la luz de esta visión: como algo que probablemente abandonamos hace mucho tiempo y que tenemos que retomar; algo que tenemos que encontrar al cabo de una larga travesía; algo que quizá nos obligue a cruzar mares tormentosos antes de llegar a ello; y algo que, una vez encontrado, veremos que es más valioso que cualquier tesoro de este mundo.
Si quieres saber más de Helen, de su vida y de las experiencias que la llevaron a escribir el Curso, empieza por «Helen Schucman: quién fue la escriba de Un Curso de Milagros».
La serie completa. Robert Perry dedicó cuatro clases a las experiencias espirituales que llevaron a Helen Schucman a escribir el Curso: I. Las visiones de la sacerdotisa · II. La visión de la barca (este artículo) · III. La fase mágica · IV. La visión de la cueva del pergamino.
Robert Perry, «The Spiritual Experiences of Helen Schucman: Helen’s Boat Vision», Circle of Atonement. Traducción del Círculo Reparador. Las citas de Ausencia de felicidad son de la edición española (El Grano de Mostaza, 2006), y las páginas, las de esa edición; Perry citaba el Curso según la edición de la Fundación para la Paz Interior.