¿De dónde dice el Curso que vienen sus palabras? Primera parte: el papel de Jesús

por Robert Perry

Este artículo de Robert Perry, del Circle of Atonement, apareció en inglés en dos partes. Aquí va la primera, traducida al español; la segunda está en «¿De dónde dice el Curso que vienen sus palabras? (segunda parte)». Si buscas un resumen breve de quién escribió Un Curso de Milagros, con la historia de Helen Schucman y Bill Thetford, lo tienes en nuestra página sobre el Curso. Este artículo va más a fondo: pregunta qué dicen de sí mismas las palabras que Helen oyó.


La cuestión de quién es el autor de Un Curso de Milagros ha sido espinosa desde el principio. La afirmación de que Jesús lo escribió a través de una escriba humana ha suscitado reacciones de todo tipo, desde la devoción y el compromiso de toda una vida hasta el rechazo y el desprecio más abiertos. Ha contribuido a que el Curso sea popular, pero también polémico e incluso ofensivo. Y, en mayor o menor medida, esta afirmación ha resultado problemática para todos, porque es imposible verificarla físicamente. ¿Cómo se puede demostrar que una figura histórica que murió hace dos mil años ha escrito un libro a través de una psicóloga neoyorquina contemporánea?

Esta vieja cuestión ha adoptado una forma nueva, sorprendente y dramática. Ha llegado a los tribunales, donde es muy posible que de ella dependa que se mantengan o caigan los derechos de autor del Curso. Penguin, la nueva editorial del Curso, ha demandado a Endeavor Academy, de Wisconsin. Aunque la demanda es por violación de los derechos de autor, Endeavor intenta que el asunto central sea la autoría de Un Curso de Milagros. Sostiene que, como el Curso lo escribió Jesús de Nazaret, no puede estar sujeto a derechos de autor.

Penguin ha respondido con algo asombroso: el autor del Curso es Helen Schucman, no Jesús. Afirma que Helen simplemente volvió a conectar con el mismo Amor de Dios con el que conectó Jesús hace dos mil años y que, tras haber sido testigo de ese Amor, lo reflejó al mundo en las formas que le eran familiares: el idioma inglés, el simbolismo cristiano, la psicodinámica, el formato de un plan de estudios y el verso blanco shakespeariano. El Curso sería así «la expresión de Schucman de la idea o el concepto del eterno Amor de Dios tal como ella lo entendía». ¿Y Jesús? «...Schucman empleó a menudo el símbolo cristiano más reconocido del Amor de Dios: Jesús». Helen se habría limitado a usar a Jesús como símbolo. El Jesús real no habría tenido nada que ver.

N. del T.: Perry escribió este artículo mientras el pleito estaba en curso. En 2003 un tribunal federal de Nueva York anuló los derechos de autor de la edición publicada del Curso, pero no por la cuestión de la autoría, sino porque el texto había circulado sin aviso de derechos de autor antes de publicarse.

Personalmente, no creo que lo que digan los abogados de Penguin para defender los derechos de autor del Curso sea muy relevante para sus estudiantes. Si fuera la Fundación para la Paz Interior la que dijera esto a través de Penguin, para mí sería distinto. Pero la Fundación no es parte en el pleito y me ha asegurado que no ha orientado en absoluto a Penguin en la postura que ha adoptado. Así que, aunque me gustaría que Penguin, como editorial actual del Curso, no dijera esto, veo esta demanda sobre todo como un estímulo para abordar la cuestión de la autoría en su conjunto.

En realidad, Penguin y Endeavor encarnan dos polos que han estado en tensión desde que se publicó el Curso. De un lado están quienes lo toman de manera más literal y creen de verdad que el Jesús histórico de Nazaret dictó las palabras mismas del Curso a través de Helen Schucman. Del otro están quienes encuentran inverosímil que Jesús de Nazaret reaparezca por arte de magia desde las páginas de la Biblia y le susurre un libro entero al oído a una «escriba» humana. Este segundo grupo sostiene que la responsable del Curso tiene que ser Helen, que debió de entrar en contacto con alguna inspiración espiritual difusa y sin forma a la que luego su mente dio la forma de las palabras, los párrafos y los volúmenes de Un Curso de Milagros.

Algunas personas muy inteligentes han sostenido este último punto de vista. Recuerdo haber leído a Ken Wilber, el gran teórico transpersonal, afirmar sin rodeos que Jesús no es el autor del Curso. Básicamente, atribuía el Curso al «genio» de Helen. Recuerdo también haber leído a John White (autor en el campo de la investigación sobre la consciencia y el desarrollo superior), que en un principio se había ofrecido a publicar el Curso, decir que era imposible que Jesús escribiera un libro, puesto que ya no existía como entidad personal. Y luego está Ken Wapnick, el intérprete más respetado del Curso, cuyas obras publicadas, al parecer, han consultado los abogados de Penguin para formular su postura. La de Ken es que la mente de Helen entró en contacto con la mente trascendental y sin forma de Jesús, y que su amor abstracto adoptó entonces la forma de las formas familiares para Helen, como el agua adopta la forma del vaso. De modo que Jesús sería responsable del contenido y Helen de la forma.

Pero, siendo sinceros, ¿qué relevancia real tiene esto para quien practica el Curso? Creo que mucha. Todo estudiante del Curso pasa por un proceso de aclararse con esta cuestión de la autoría. Para muchos de nosotros, ese proceso llevó, o sigue llevando, bastante tiempo. Aunque algunos estudiantes acaban decidiendo que no les importa de dónde vino el Curso, para otros la idea de que vino de Jesús es central en toda su relación con el Curso... y con él. Creo que la manera en que acabamos viendo la autoría del Curso influye en cómo vemos el Curso mismo y en cómo vemos la capacidad del espíritu para llegar a nosotros en este mundo. Veo tres maneras en que la cuestión de la autoría afecta a nuestra visión de las cosas.

La autoridad del Curso

Si Jesús de Nazaret dictó las palabras mismas del Curso, este adquiere una autoridad enorme. Si, en cambio, pensamos que la mente de Helen lo destiló a partir de alguna inspiración sin forma, tendrá menos peso. La razón es sencilla: como especie, no confiamos tanto en Helen Schucman como en Jesucristo. Quizá pienses que no debería importarnos de dónde vino el Curso, que debería tener peso únicamente por el valor de sus palabras. Aun así, sospecho que, si te imaginas de verdad que sus palabras concretas vinieron de Jesús, notarás que el Curso te hace sentir de otra manera. Al evaluar palabras e ideas, los seres humanos siempre tenemos en cuenta la fuente.

Nuestra capacidad de contactar con Jesús a través del Curso

Para muchos estudiantes, la relación personal con Jesús es un aspecto central del Curso. Y el Curso mismo valora esa relación: dice en un momento dado que aceptarlo en nuestra vida le permitirá ayudarnos más (C-4.5:6-7). Ahora bien, esa relación puede darse tanto si Jesús escribió el Curso como si no. Pero cuánto puede el Curso mismo facilitar esa relación depende de lo directa y concretamente que creamos que él lo escribió. Si escribió sus palabras, con solo leerlas estamos contactando con él, lo estamos tocando. Si no las escribió, estamos así de lejos de él, y tendremos que encontrar otra manera de salvar la distancia que nos separa.

¿Con cuánta actividad y concreción puede ayudarnos el espíritu en este mundo?

Nuestra manera de ver la autoría del Curso dice mucho sobre la vida en este mundo en general. Si Jesús puede ser el autor de las palabras exactas del Curso, eso implica que el espíritu puede descender hasta nuestro nivel y ayudarnos de manera muy activa, concreta y personal. Si Jesús no puede escribir un libro de esta manera, se implica lo contrario: el espíritu no se traducirá a sí mismo a nuestro nivel, y tendremos que hacer lo que supuestamente hizo Helen. Tendremos que elevarnos nosotros hasta su nivel y entrar en contacto con él. Y luego tendremos que traducir nosotros mismos su luz abstracta a formas concretas que sirvan para nuestras necesidades. Puede que sea así, pero a mí me parece un panorama frío y desconsolador. Equivale nada menos que a la idea de que se nos ha dejado solos y tenemos que volver a casa por nuestra cuenta.

¿De dónde dicen las propias palabras que vienen?

Me gustaría aportar algo a esta cuestión de la autoría. En mi opinión, el punto de partida ideal para abordarla es averiguar qué dice el propio Curso. Si nos preguntamos de dónde vinieron esas palabras, quizá debamos averiguar primero de dónde dicen que vienen. Una vez que lo sepamos, podremos decidir si aceptamos o rechazamos lo que afirman. Este artículo intentará, por tanto, responder a esta pregunta: ¿de dónde dicen que vienen las palabras que Helen Schucman oyó y puso por escrito?

Lo bueno de esta pregunta es que no es tan difícil de responder. El Curso mismo da respuestas claras. Y la guía personal que recibieron Helen y Bill, y que no pasó al Curso, da respuestas clarísimas. Gran parte de esa guía, como saben muchos estudiantes, se publicó en Ausencia de felicidad, de Ken Wapnick.

En esta primera parte examinaré el papel de Jesús. En la segunda pasaré al de Helen y al de Bill. Mis primeros puntos se basarán en el Curso mismo. Pero cuando pasemos al papel de Helen y, por último, al de Bill, recurriré a la guía personal recogida en Ausencia de felicidad. Por el camino iré examinando una serie de doce preguntas o cuestiones. Después de cada una formularé una conclusión. Y al final de la segunda parte reuniré las doce conclusiones en un cuadro de conjunto y comentaré sus implicaciones.

El papel de Jesús

1. ¿Quién dicen las palabras del Curso que es su autor?

Esto nadie lo discute. Ken y Gloria Wapnick expresan lo evidente en su libro The Most Commonly Asked Questions About A Course in Miracles:

Casi todo el texto de Un Curso de Milagros está escrito en primera persona, y el «yo» se identifica claramente en todo momento como Jesús (p. 97).

Dicho de otro modo, la voz que habla en el Curso se identifica claramente como la de Jesús de Nazaret, el mismo Jesús cuya historia cuenta la Biblia. Quienquiera que escribiera el Curso o bien está totalmente convencido de que es Jesús —que parece ser el caso— o bien se hace pasar por Jesús para engañarnos. Esto nos da nuestra primera conclusión:

Las palabras del Curso afirman que vienen, en algún sentido, de la persona conocida como Jesús de Nazaret.

De aquí en adelante llamaré al autor «Jesús», no dando por sentado que sea de verdad Jesús de Nazaret (cosa que yo creo, aunque no todo el mundo la cree), sino simplemente porque así es como él se llama a sí mismo.

2. ¿Cómo puede un ser plenamente despierto y sin cuerpo escribir un libro?

Muchos creen que, si Jesús ha despertado de verdad, ya no existe como una entidad capaz de actuar dentro del tiempo y del espacio. Cuando su cuerpo y su ego se desvanecieron, el personaje individual que conocimos como Jesús desapareció también. Ahora «él» no es más que una parte indiferenciada del todo trascendental, un todo desprovisto de cualquier rastro de identidad personal, incluida la de Jesús.

Es un punto de vista muy razonable, pero no tiene literalmente ningún apoyo en lo que dice el Curso. A lo largo de todo el Curso, el autor habla como si la misma persona que apareció en un cuerpo hace dos mil años como Jesús siguiera actuando, de algún modo, dentro del tiempo y del espacio. Dice que sigue ayudando, enseñando, sanando, encomendando tareas, guiando, trabajando y planificando. Dice expresamente que el tiempo y el espacio están bajo su control (T-2.XII.10:7).

Especialmente importantes son varios pasajes en los que dice expresamente que ha permanecido con nosotros. La mayoría de los que siguen son del Manual y de la Clarificación de términos, donde Jesús habla de sí mismo en tercera persona. He puesto en negrita las formas del verbo «permanecer».

Yo te acompaño en este viaje. Pues comparto tus dudas y miedos por unos momentos, para que puedas acudir a mí que reconozco el camino por el cual todas las dudas y miedos son superados. Caminamos juntos. Debo comprender la incertidumbre y el dolor, aunque sé que no tienen sentido. Pues un salvador debe permanecer con aquellos a quienes enseña, viendo lo que ellos ven, pero reteniendo aún en su mente el camino que lo condujo fuera y que ahora te conducirá fuera con él (L-Re.5.In.6:1-5).

¿Está todavía disponible para ayudar? ¿Qué dijo acerca de esto? Recuerda sus promesas, y pregúntate honestamente si es probable que deje de cumplirlas. [...] ¿Iba a estar el más grande de los maestros fuera del alcance de quienes lo siguen? (M-23.3:5-11).

Él ha permanecido contigo (M-23.5:9).

Levántense con aquel que les mostró esto, porque se lo deben a quien compartió sus sueños para que pudieran disiparse, y los comparte todavía, para ser uno con ustedes. ¿Es él Cristo? Oh, sí, junto con ustedes. Su pequeña vida en la tierra no fue suficiente para enseñar la poderosa lección que aprendió por todos ustedes. Él permanecerá con ustedes para conducirlos desde el infierno que fabricaron hasta Dios (C-4.3:7–4:4).

Estos pasajes tejen un cuadro muy coherente. Resumámoslo. En ellos el autor afirma que su vida corporal como Jesús no fue suficiente para cumplir su misión. Por eso no ha desaparecido del todo en la infinitud sin forma del Cielo, dejándonos aquí solos. Ha permanecido con nosotros, caminando con nosotros, haciendo el viaje con nosotros, para poder seguir ayudándonos, seguir enseñándonos su única lección, seguir conduciéndonos a Dios. Sigue disponible para ayudar, tal como nos prometió en los evangelios. En este viaje comparte nuestros sueños, nuestros miedos y nuestras dudas. Ve todo lo que vemos y comprende nuestra incertidumbre y nuestro dolor más íntimos. En resumen, ha permanecido con nosotros, de manera muy intencionada y muy personal.

Piensa en esa palabra, «permanecido». Implica que sigue con nosotros de una forma o con una capacidad no tan absolutamente distinta de como estuvo con nosotros antes. Antes estuvo con nosotros personalmente y, aunque su cuerpo ya no está, ahora está con nosotros personalmente. Así es, al parecer, como puede escribir un libro aun estando plenamente despierto. Y esto nos lleva a nuestra segunda conclusión:

Las palabras afirman que Jesús, aunque despierto, ha permanecido con nosotros de una manera personal y, por tanto, puede hacer cosas dentro del tiempo y del espacio, como escribir un libro.

3. ¿Cómo puede Jesús ser distinto de otros ayudantes despiertos?

Una suposición relacionada es que Jesús, por estar despierto, tiene que ser absolutamente indistinguible de los demás ayudantes no físicos. Al fin y al cabo, todos son uno, ¿no? Entonces, ¿cómo puede un libro ser obra de Jesús a diferencia del resto? El Curso esboza aquí una postura sutil. Da sistemáticamente las dos caras de la misma cuestión: dice que todos los ayudantes son uno, pero que aun así hay entre ellos algún tipo de distinción, porque eso es lo propio del ámbito de la forma.

Se te dan ayudantes en muchas formas, aunque sobre el altar son uno (C-4.1:3).

En el mundo de la separación, a cada uno se le designa por separado, aunque todos son lo mismo. Pero quienes saben que todos son lo mismo no necesitan salvación (T-20.IV.6:2-3).

Esta unidad con distinción tiene una consecuencia particular en el caso de Jesús. De todos los salvadores del mundo —con cuerpo y sin él—, Jesús es de hecho el líder del plan de la salvación, porque fue el primero en completar su parte en ese plan (C-5.2:2). Es uno con todos los salvadores del mundo, y aun así es su líder. Esto nos da nuestra tercera conclusión:

Las palabras afirman que Jesús ha permanecido con nosotros como algún tipo de identidad distinta, que es una con todos los demás salvadores (físicos y no físicos) pero sigue siendo de algún modo distinta de ellos y es su líder.

4. ¿Formuló y dictó Jesús las palabras inglesas concretas del Curso?

Las conclusiones anteriores aún dejan una pequeña rendija abierta a la posibilidad de que Helen fuera la responsable de las palabras del Curso. Recuerdo haber leído, por ejemplo, algo parecido sobre Dorothy Maclean, la de Findhorn. Recibía guía interior de los «espíritus de la naturaleza» como un flujo de impresiones sin palabras, y dice que ella misma ponía las palabras a ese flujo. Ken Wapnick adopta una postura en cierto modo afín en Ausencia de felicidad:

Por lo tanto, repito, Helen era responsable de la forma específica del Curso; el amor abstracto de Jesús —la fuente— del contenido (p. 507).

Según esto, lo que Helen oía era el contenido del amor de él con la forma de las formas de ella, incluidas sus palabras inglesas. Según esta teoría, Jesús no seleccionó determinadas palabras inglesas para pronunciarlas en la mente de Helen.

¿Qué dice el Curso sobre esto? ¿De quién son las palabras? ¿Las seleccionó Jesús, o las seleccionó Helen? Trataré esta cuestión por partes. Empezaré señalando que Jesús llama varias veces a las palabras del Curso sus palabras. He puesto en negrita las expresiones que lo indican:

Hermanos míos en la salvación, no dejen de oír mi voz y de escuchar mis palabras (T-31.IX.7:3).

Pues esto es lo único que necesito: que escuches las palabras que digo y las entregues al mundo (L-Re.5.In.9:2).

Es posible leer sus palabras [es decir, las palabras de Jesús en el Curso] y beneficiarse de ellas sin aceptarlo en tu vida (C-4.5:6).

Así pues, Jesús afirma que son palabras suyas. Pero ¿qué significa eso exactamente? ¿No podría querer decir «mis palabras» en un sentido muy amplio? ¿No podría «mis palabras» significar en realidad «la expresión de mis ideas (con mis palabras o con las de otro)»? El pasaje siguiente responde a esta pregunta de manera tajante e inequívoca:

He hecho todo lo posible por utilizar palabras que sean casi imposibles de distorsionar, pero los seres humanos son muy inventivos cuando se trata de tergiversar los símbolos (T-3.III.6:3).

Este pasaje es tan significativo porque Jesús se presenta haciendo «todo lo posible» por elegir con cuidado sus palabras. Aquí «palabras» no significa claramente ideas o pensamientos. Se refiere expresamente a símbolos de ideas o pensamientos, símbolos que pueden tergiversarse o distorsionarse y verse como símbolos de ideas y pensamientos equivocados. Así que aquí Jesús no se presenta aportando el contenido mientras Helen aporta la forma, las palabras. Afirma que aportó ambas cosas, y por una muy buena razón: eligió formas especialmente adecuadas a su contenido, palabras en las que sería especialmente difícil leer ideas equivocadas. Dicho de otro modo, su elección de las palabras era esencial para comunicar debidamente su contenido.

Lo confirma el resto del Curso, donde Jesús muestra una conciencia aguda de las palabras que se usan y a menudo las comenta. Comenta lo apropiado de un término determinado: «La palabra “dentro” sobra» (T-4.V.1:3), o «La palabra “conocer” es apropiada aquí...» (T-5.II.3:3), o «La palabra “crear” es apropiada aquí...» (T-5.VI.2:2).

También es muy consciente del uso normal de las palabras. En un momento dado dice: «Ha habido mucha confusión acerca de lo que significa la percepción, porque la misma palabra se usa tanto para la conciencia como para la interpretación de la conciencia» (T-11.VII.2:5). Si lo piensas, es verdad. La palabra «percepción» designa tanto tu conciencia —tu experiencia sensorial en bruto— como la interpretación que haces de esa experiencia. Percibes con los ojos un árbol que tienes delante, y también lo percibes —lo interpretas— de cierta manera: le atribuyes un significado.

Comenta además la diferencia entre el uso convencional de un término y el suyo. Esto es lo que dice de la palabra «generosidad»:

El término «generosidad» tiene un significado especial para un maestro de Dios. No es el significado habitual de la palabra; de hecho, es un significado que hay que aprender, y aprender con mucho cuidado. [...] De la manera más clara posible y en el más sencillo de los niveles, la palabra significa para los maestros de Dios exactamente lo contrario de lo que significa para el mundo (M-4.VII.1:1-2, 8).

Y es consciente de la impresión que sus palabras pueden causar en sus lectores. Después de decir «Puedes ver la razón», lo aclara: «Esto no es un juego de palabras...» (T-22.IV.1:4-5).1 Sobre la expresión «el mundo real» dice: «Y, sin embargo, aquí hay una contradicción, pues estas palabras implican una realidad limitada, una verdad parcial...» (T-26.III.3:3). Es decir, la combinación de «real» (que implica realidad, eternidad) y «mundo» (el ámbito ilusorio del tiempo y del espacio) parece una contradicción.

Llega incluso a exponer un análisis refinado del efecto de las palabras en la mente. En el Manual dice que las palabras evocan un referente específico, algo concreto que podemos imaginar. Luego dice que la importancia de esas cosas específicas está en que se ven como «las portadoras de las experiencias deseadas, a juicio del que pide» (M-21.2:5). Por ejemplo, la palabra «manzana» evoca una manzana real (el referente específico), y esa manzana representa alguna experiencia deseada que una manzana puede proporcionarnos (por ejemplo, la de comérnosla). «Las palabras, entonces, son símbolos de las cosas que se piden, pero las cosas mismas no hacen sino representar las experiencias que se esperan» (M-21.2:6). Dice que, a menos que una palabra evoque una cosa específica que a su vez represente una experiencia deseada, «la palabra tiene poco o ningún significado práctico, y por lo tanto no puede ayudar al proceso de sanación» (M-21.2:3). El autor, pues, entiende a fondo qué palabras tienden a tener impacto psicológico y por qué. Solo cabe suponer que ha usado ese entendimiento al elegir sus palabras en el Curso.

En conjunto, Jesús afirma que estas son sus palabras y que las ha elegido con mucho cuidado para transmitir lo que quiere decir. Además, muestra una conciencia aguda de las palabras y de su efecto psicológico: dónde son apropiadas determinadas palabras, qué significan convencionalmente, qué quiere decir él con ellas y qué significados pueden despertar en la mente de sus lectores. Todo esto es por completo incompatible con la idea de que él solo aportó contenido puro y dejó en manos de Helen ponerlo en palabras. Condensémoslo en nuestra cuarta conclusión:

Jesús afirma que eligió con cuidado las palabras inglesas concretas del Curso, lo cual se refleja en la aguda conciencia de las palabras que muestra en él.

5. Los juegos de palabras de Jesús

Quiero llevar el punto anterior un paso más allá. Ken Wapnick, en Ausencia de felicidad, ha señalado que el Curso usa una verdadera «plétora de retruécanos» (p. 259). El diccionario Webster define el juego de palabras (en inglés, pun) como «el uso humorístico de una palabra de manera que sugiera significados o aplicaciones diferentes...». Un juego de palabras es posible porque una misma palabra tiene más de un significado. Muy a menudo esos significados no guardan entre sí ninguna relación conceptual. Que coincidan en la misma palabra suele ser un puro accidente del idioma, un accidente que puede darse en una sola lengua.

Aquí tienes, por ejemplo, uno del Curso:

Recuerda que «yugo» significa «unión» y «carga» significa «mensaje». Reconsideremos la afirmación bíblica: «mi yugo es suave y mi carga liviana» de esta manera: «Unámonos, porque mi mensaje es luz» (T-5.III.11:4-5).

Aquí convierte «yugo» de sustantivo en verbo, y lo transforma de algo que se pone en el cuello de un animal de tiro en un acto de unirse. Cambia «liviana» (lo que no pesa) por «luz» (la iluminación espiritual). Y cambia «carga» de «peso que uno lleva» a la acepción antigua (que procede de otra raíz) de «mensaje» o «tema central».2

Quiero detenerme especialmente en el siguiente juego de palabras, recogido en Ausencia de felicidad, que fue una comunicación personal a Helen y a Bill:

A propósito, no es cierto que ustedes dos sean «sólo escribas». Deben recordar que los escribas eran hombres muy sabios y santos y que a veces incluso se escribe con E mayúscula. Si quieren ir más allá, podrían incluso cambiar «sólo» de «meramente» a «honrados», un término que se usa en la Biblia asociado con «poder». Dile a Bill que no podrías hacer ese retruécano si el fraseo original hubiese sido en singular (p. 248).

Este juego de palabras depende por completo de tres detalles concretos del idioma. En primer lugar, depende de que la palabra «escriba» pueda significar o bien un simple «copista o amanuense», o bien «uno de los miembros del grupo de eruditos y maestros [de la antigua] Palestina versados en la ley y la tradición judías» (ambas definiciones del Webster).

En segundo lugar, depende de que dos significados sin relación entre sí, «mero» y «justo», coincidan por casualidad en la palabra inglesa just.3

En tercer lugar depende, como señala Jesús, del pequeño detalle de que la frase esté en plural. La versión en singular, just a scribe, no habría permitido el juego de palabras.

Estos tres detalles permiten a Jesús hacer que la expresión just scribes pase de significar «meros copistas o amanuenses» a significar «hombres justos, poderosos, sabios y santos». Todo el párrafo descansa en estos detalles del idioma, que permiten que la misma expresión sirva para dos significados radicalmente distintos. Parece, pues, que Jesús ha hecho lo que hace cualquiera al hacer un juego de palabras: construir su mensaje a partir de un conocimiento íntimo de las posibilidades de determinadas palabras inglesas. Parece que su conocimiento de esas palabras le sugirió un mensaje concreto, y que ese mensaje se expresó luego mediante palabras. En resumen, parece que formuló las palabras y el contenido a la vez, cada uno guiado por el otro. Enunciemos, pues, nuestra quinta conclusión, recordando que el Curso está lleno de una «plétora de retruécanos»:

En los juegos de palabras que hace Jesús, el contenido específico que se expresa depende de los múltiples significados de determinadas palabras inglesas, lo cual sugiere que formuló a la vez el contenido y las palabras.

Con esto concluye mi examen del papel de Jesús en la autoría de Un Curso de Milagros. En la segunda parte examinaré los papeles de Helen Schucman y Bill Thetford, y veremos que no contradicen el papel de Jesús tal como lo he presentado aquí, sino que simplemente completan el mismo cuadro. Pero ya aquí, antes de llegar a Helen y a Bill, podemos ver que las palabras que Helen oyó consideran a Jesús un verdadero autor. No lo presentan como una especie de inspiración abstracta del Curso, sino como el autor de la sucesión concreta de palabras que forma Un Curso de Milagros.

Recuerda, por favor, que no estoy diciendo que esta visión sea la verdad, sino simplemente que es lo que afirman las palabras que Helen oyó. Pero, si aceptamos esta visión como verdadera, ¿qué significa? ¿Qué relevancia tiene? Bien, yo personalmente la acepto como verdadera, y para mí significa lo siguiente: que el Curso es la expresión específica de Jesús de Nazaret; que, por tanto, tiene la autoridad sin igual que tiene él; que a través de sus palabras puedo llegar a conocerlo y vivir la experiencia de que me enseña y me sana; y que el espíritu puede descender hasta mi nivel, puede llegar hasta mí y ayudarme de formas muy concretas y de una manera muy personal.

Continúa en la segunda parte.


Robert Perry, «Who Wrote A Course in Miracles? Part I», Circle of Atonement. Traducción del Círculo Reparador. Las citas del Curso siguen la numeración de la Edición Completa y Anotada (CE) en nuestra traducción; Perry citaba la edición de la Fundación para la Paz Interior. Las citas de Ausencia de felicidad son de la edición española (El Grano de Mostaza, 2006), y las páginas, las de esa edición.


  1. N. del T.: En inglés, to see reason es una expresión hecha que significa «entrar en razón»; por eso Jesús aclara que no está jugando con ella.↩

  2. N. del T.: Perry comenta el original inglés. Yoke es «yugo» como sustantivo y «uncir, unir» como verbo; light es a la vez «ligero» y «luz»; y burden, además de «carga», tiene la acepción antigua de «tema o mensaje principal».↩

  3. N. del T.: En inglés just significa tanto «solo, meramente» como «justo, recto». Jesús alude a la expresión bíblica just and mighty, «justo y poderoso». La edición española de Ausencia de felicidad traduce just por «sólo» y por «honrados», con lo que el juego de palabras se pierde.↩

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